Intriga Personal

“Me apasiona la enseñanza; disfruto, quizá de un modo narcisista, induciendo en los demás el interés por problemas que me intrigan personalmente” Jerome Bruner

Tráfico y valores: la raíz del caos del transporte

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Tomado del blog: Venus desde Mercurio

Tomado del blog: Venus desde Mercurio

El pasado viernes, los diarios de la capital publicaron las conclusiones sobre un estudio privado sobre el tránsito en nuestro país. El Comercio señalaba en su portada que cada año se perdían US$ 6,000 millones tomando en cuenta las pérdidas en horas, las infracciones, las infracciones no sancionadas, el gasto extra en combustible. Esta extraordinaria cifra equivale es más del doble de la inversiones mineras en el 2009, y cerca del 80% de las exportaciones peruanas en el 2008. Por su parte, Peru 21 resumía las 81 medidas sugeridas en el estudio para enfrentar el caos vehicular (entre ellas, regular el número de empresas de taxis, aplicar sanciones más drásticas a faltas como manejar en estado de ebriedad o hablar por celular, fijar horas especiales para circulación de vehículos de carga, semaforización sincronizada). Las recomendaciones son importantes y habría que analizar qué tiene que ver la educación en ello y cómo podría aportar a la solución del problema. Algunos pueden sentirse tentados a reducir ello a la educación vial, es decir, al conjunto de reglas que son necesarias para movilizarse en el ámbito público, ya sea como peatón o como conductor.

Sin embargo, hay asuntos de fondo que valdría considerar. Todo esto no es un asunto sólo del tráfico o las pistas. Los problemas revelan mucho de nuestra convivencia, del valor que lo otorgamos al otro, de nuestra cultura ciudadana. El caos y los accidentes en nuestras carreteras revelan que vivimos aún dentro de una cultura en que hay poco respeto o cuidado por el otro. No es sólo infringir las reglas sino las prácticas cotidianas de “hacer lo que quiero” sin importarme lo que esto pueda afectar a los demás. Cosas tan sencillas como usar las luces direccionales para avisarle al conductor de atrás que voy a voltear, para que esté preparado son cosas muy raras. O usar el carril derecho cuando voy a voltear a la derecha en vez de hacer el giro desde el carril de la izquierda cerrando el paso temerariamente a los conductores que manejan por la derecha. Pero no son sólo los conductores, ni siquiera los de las combis, los que revelan dichas actitudes. Son también los peatones que cruzan por cualquier parte aunque haya un puente peatonal o un cruce por el semáforo a veinte metros. O es el que toma taxi en cualquier parte, bloqueando la mitad de la pista mientras negocia el precio. O la policía que impone multas con fotos cuando los sistemas de señalización son tan impredescibles como absurdos. La actitud es la misma: desinterés por el otro.

El desinterés no es gratuito. Viene de esta percepción tan enraizada de la desigualdad, en la que no consideramos que el otro es “otro yo”. En este país hay ciudadanos de primera, segunda y tercera, y mientras no le atribuyamos al otro el mismo valor que a nosotros, será difícil ponernos en su lugar. Ciertamente, otros como yo están buscando llegar pronto al trabajo o dejar a los hijos en el colegio. Si de por sí las pistas son complicadas, llenas de huecos o reompemuelles, ¿cómo llegar a tiempo sin tener que imponer mi voluntad, meter el carro, saltarme la luz o entrar contra el tráfico? Reconocer al otro como otro es no estacionar en segunda fila, aunque ponga las luces de emergencia, si entiendo que con ello bloqueo el tráfico. O no ser peatón irresponsable, cruzando la carretera haciendo zizaguear a los conductores.

Todo ello comienza con la educación. La educación vial parece un campo fértil para enseñar valores. No esas clases teóricas sobre el respeto, el cuidado, la tolerancia, con situaciones hipotéticas y dilemas irreales. El tráfico y el caos vehicular nos ponen cada día en situación de poder ejercer los valores. Es allí donde podrían hacerse pequeños cambios que a la larga se conviertan en grandes transformaciones.

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Autor: Fernando

Educador y especialista en gestión educativa. Fui Viceministro de Educación entre el 2011 y 2014. Y Viceministro de Poblaciones Vulnerables hasta julio 2016, en el Ministerio de la Mujer.

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