Intriga Personal

“Me apasiona la enseñanza; disfruto, quizá de un modo narcisista, induciendo en los demás el interés por problemas que me intrigan personalmente” Jerome Bruner

Grado de satisfacción: qué medimos en los proyectos educativos

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La semana pasada estuve en el IV  Foro “Cajamarca: Presente y Futuro”. Cuando se presentaron las experiencias educativas en el panel sobre educación, me llamó la atención que algunos de los proyectos desarrollados por el sector privado incluían “grado de satisfacción” como uno de los indicadores de éxito de los programas. Me ponía a pensar por qué en los programas gestionados o sostenidos por la cooperación internacional o las ONGs no hemos tomado en cuenta esto sino que se privilegian resultados obtenidos de pruebas estandarizadas, aplicadas al inicio o al final del año escolar (o ambas), usando muestras y grupos de comparación para ver el impacto en el aprendizaje.

Hay estudios, como el de Vargas y Petrow, que sostienen que, a pesar de sus limitaciones, las pruebas estandarizadas han mejorado con el tiempo y son “el mejor indicador disponible para medir el desempeño escolar”. Sin embargo, no deja de ser relevante pensar la educación como un bien público, un servicio ofrecido a los niños y niñas y sus familias. En tal sentido, es relevante considerar el “grado de satisfacción” como medida de mejora de la calidad del servicio educativo. Hay quienes pueden cuestionar esto, en la medida en que la encuestas sobre educación que se han realizado en el Perú (tales como la Encuesta Anual de la Universidad de Lima de febrero de este año o la ENAED de Foro Educativo) tienden a mostrar mayor grado de satisfacción en los niveles socioeconómicos bajos, justamente aquellos que reciben una educación de menor calidad. Sin embargo, partiendo de un enfoque de educación de la demanda, con preguntas más precisas y escalas más razonables se podría recoger el grado de satisfacción de los actores, en el caso de los proyectos educativos, y complementar dicha información con la que proporcionan las pruebas estandarizadas, sobre todo porque estas últimas no son siempre concluyentes y los cambios deben ser entendidos a las luces de varios factores.

Incorporar el grado de satisfacción de manera coherente apunta, además, a otro elemento que es clave en los proyectos educativos: la participación y el empoderamiento de los actores. En la medida en que los propios niños y niñas, los padres y la comunidad se involucran en los procesos de cambio de manera efectiva, su satisfacción es una buena medida de los logros.

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Autor: Fernando

Educador y especialista en gestión educativa. Fui Viceministro de Educación entre el 2011 y 2014. Y Viceministro de Poblaciones Vulnerables hasta julio 2016, en el Ministerio de la Mujer.

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