Intriga Personal

“Me apasiona la enseñanza; disfruto, quizá de un modo narcisista, induciendo en los demás el interés por problemas que me intrigan personalmente” Jerome Bruner

Cuando la vida de un niño vale poco

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Metieron mi cabeza en un balde lleno de agua fría, eran ‘iskay’ (dos, en quechua) policías que, mientras me ahogaban, contaban: !uno, dos tres, cuatro y cinco! También me golpearon con sus varas. Me dolñia  la cabeza, los brazos, los dedos y yo les dije que el celular estaba en mi casa, con tal que dejaran de pegarme…” (El Comercio, 31 de marzo 2009)

(c) Tomado de El Comercio
(c) Tomado de El Comercio

Esto es lo que informaban los diarios el día de ayer. El caso de un niño de 11 años, acusado de robar un celular y que fue detenido en la comisaría de Sicaya (Junín) entre las 3 de la tarde y las 11 de la noche. El niño fue sometido a torturas psicológicas y físicas para que confesara el robo a cargo de dos sub-oficiales de la Policía Nacional. No hay ninguna justificación para este tipo de acciones. Se revela no sólo una falta de comprensión mínima de los derechos humanos o de los derechos de la infancia, sino un desprecio por la vida humana y un absoluto desdén por las reglas mínimas de la vida democrática y las responsabilidades de la función policial. Lo más terrible, señala la nota, es que la madre estuvo afuera de la comisaría sin poder hacer nada. ¿Por qué no hay una gran indignación por este caso? ¿Cuál es la reacción de los más altos jefes policiales y la ministra del ramo? No podemos entender esto como un hecho aíslado. Refleja una cultura que sigue aceptando (o tolerando) la agresión física contra los niños, mucho más si son niños o niñas de la zona rural o se los cataloga de delincuentes. La tortura no es justificada en ningún caso, mucho más si es el propio Estado el que la ejerce en nombre de cualquier bien o valor supremo de la sociedad.

 ¿Qué le toca a la educación para prevenir esto? Los padres y los maestros tenemos un rol fundamental en promover formas no violentas de resolver los conflictos. Es necesario enseñar a los niños a reconocer el error y las faltas, y asumir las consecuencias de lo que hace mal, pero esto implica erradicar los castigos físicos o cualquier forma de tortura física o psicológica. Se requiere examinar la forma como nosotros mismos hemos sido tratados cuando niños y romper los ciclos de la intolerancia y la violencia. Nada más terrible como un adulto que descarga sus frustraciones con un niño indefenso.

Mirando este caso pensaba en la película recientemente estrenada en nuestro medio, “El niño con piyama a rayas” de Mark Herman, basada en el libro del irlandés John Boyne. La violencia contra los otros, incluso contra niños inocentes, puede ser tolerada si es que consideramos a los otros como extraños, como no-personas. Nuestra percepción sobre ella puede cambiar radicalmente si pensamos que nuestros propios hijos pueden ser agredidos, torturados, eliminados.

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Autor: Fernando

Educador y especialista en gestión educativa. Fui Viceministro de Educación entre el 2011 y 2014. Y Viceministro de Poblaciones Vulnerables hasta julio 2016, en el Ministerio de la Mujer.

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