Intriga Personal

“Me apasiona la enseñanza; disfruto, quizá de un modo narcisista, induciendo en los demás el interés por problemas que me intrigan personalmente” Jerome Bruner

A cocachos no aprendí

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(c) Tomado de http://data1.blog.de

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El suplemento Mi Hogar de El Comercio del domingo pasado tiene un reportaje interesante acerca de los castigos escolares que no debemos dejar de comentar. Gracias a Dios no recuerdo ningún profesor mío que me haya golpeado en mi época escolar, pero si recuerdo varios tipos de castigos humillantes (amenazas, “ranas”, “flexiones”, poner una tiza en la boca o un esparadrapo al que hablaba mucho, etc.) de parte de profesores que apreciábamos pero que, algunas veces, “se les iba la mano”. Los castigos escolares no son, sin embargo, cosa del pasado, algo que podemos contar sólo los adultos. Son prácticas que siguen existiendo en la escuela peruana, sobre todo en la escuela pública. Tal como ha enfatizado la reciente campaña de Plan, la campaña Aprender Sin Miedo, los castigos y maltratos físicos siguen siendo cotiadianos a pesar de la conciencia creciente sobre los derechos de los niños y a pesar de que, como ha sido mostrado por expertos, no resuelven los problemas o la falta de disciplina que es lo que pretenden sino todo lo contrario.

Creo que es una exigencia para los maestros y para los padres que analicemos cómo reaccionamos frente a esto, sobre todo porque pareciera que la cultura en que vivimos no facilita la resolución dialogada y pacífica de los conflictos. Basta ver los mensajes que transmiten los medios, así como la cultura ciudadana que se expresa en las calles y en el tráfico al que estamos sometidos cada día. Los castigos por infligir normas son necesarios, no sólo para los niños sino también para los adultos. Es parte de la convivencia democrática. Sin embargo, este tipo de castigos que no crean conciencia de lo que se hizo mal, sino simplemente refuerzan actitudes tales como tomar justicia por propia mano, actuar correctamente sólo cuando está cerca la autoridad (como en el caso del transporte), tratar de “darle vuelta” a las normas, entre otras.

No todos los colegios ni todos los maestros tienen la paciencia para abordar esto de manera coherente y sistemática. Mi hijo de 5 años echó arena a un compañero de su colegio el otro día porque le dijo algo feo sobre su salón. Me gustó la manera como la profesora, quien fue testigo de todo esto, reaccionó. Llamó primero a cada uno por separado y les pidió que explicaran lo que había sucedido. Al principio mi hijo no quería pero cuando vio que esto no llevaba a nada finalmente contó su versión. Luego reunió a ambos niños e hizo que cada uno hablara sobre lo sucedido, lo que había sentido y luego que buscarán una solución y una lección de como hacer en adelante. Finalmente, les recalcó las reglas: no se puede golpear o agredir a un compañero bajo ninguna circunstancia. Además, nos mandó una nota con un resumen de los hechos y nos pidió que conversáramos con él para reforzar los mensajes. Me pareció genial. Ninguna nota de reproche, sólo una explicación objetiva de los hechos y recomendaciones para actuar como padres…

Es, pues, una tarea ineludible abordar esto. No se trata de ir al otro extremo en que se ha caído en muchos lugares. Ausencia de normas, padres o maestros relajados que “dejan hacer”, convirtiendo a niños o adolescentes en pequeños dictadores, amenazas de castigos que no se cumplen. Lo clave es conversar, convencer, hacer que se tome conciencia del error y llegar a soluciones.

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Autor: Fernando

Educador y especialista en gestión educativa. Fui Viceministro de Educación entre el 2011 y 2014. Y Viceministro de Poblaciones Vulnerables hasta julio 2016, en el Ministerio de la Mujer.

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