Intriga Personal

“Me apasiona la enseñanza; disfruto, quizá de un modo narcisista, induciendo en los demás el interés por problemas que me intrigan personalmente” Jerome Bruner


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Cuando los desastres y la crisis entran a la casa

VladimirCastro.CruzRojaEC

(c) Vladimir Castro. CruzRojaEC

La crisis y la emergencia nos ha tocado de manera particular en estas semanas. Pensábamos que era una temporada regular, con lluvias en la sierra y verano en la costa. El verano pasado se anunciaba un fenómeno de El Niño tan potente como en 1998, pero al final solo fueron algunas lluvias fuertes en Piura y Tumbes y los estragos no fueron los esperados. Pero este año, sin avisos claros, nos vino un Niño chúcaro, un Niño costero, sin los avisos del año anterior. Los preparativos, insuficientes, han hecho que más de 600 mil personas sean afectadas hasta la fecha, más de 200 mil de ellas niñas, niños y adolescentes.

¿Qué hacer, cómo abordar esto con los niños y adolescentes? Roberto Lerner, en su columna regular, “Espacio de crianza”, nos da algunas pistas: hablar de lo que está pasando (“poner palabras”), darles tareas a los niños, mostrarles con ejemplo la solidaridad. Tratarlo en la casa y en la escuela.

Ciertamente, es distinto abordar el tema con niñas y niños que han vivido directamente los problemas de las inundaciones y la pérdida de bienes, e incluso la vida de familiares y mascotas, que con aquellos que no han sufrido directamente los embates de los desastres.

En el primero de los casos, hay metodologías de soporte psico-social que ya han sido validadas en el mundo entero y que suponen acompañar al niño o niña a procesar el duelo, la pérdida de personas, cosas, incluso de sus juguetes y bienes preciados. Esto es tan importante como el abrigo, la ropa, la protección de la salud y la provisión de agua, alimento y techo. Hay especialistas de los Ministerios de Salud y de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, así como de organizaciones especialistas en emergencias (UNICEF, Save the Children, Cáritas) que ya lo están haciendo. Muchas de estas metodologías se basan en el juego, como una manera de enfrentar el estrés, verbalizar temores y angustias, e ir “normalizando” la vida cotidiana, para poder seguir adelante. Todo esto debe hacerse desde un enfoque de derechos, que trata a los niños y sus familias no como víctimas, sino como sujetos y actores de su propia situación, y que reconoce, además, en niñas, niños y adolescentes, el tremendo poder de la resiliencia, esa capacidad de salir adelante que tenemos todas las personas, en especial ellos.

Lo que nos toca a padres o madres, o adultos a cargo de los niños, es acompañar y aprovechar esta situación para desarrollar ciertas actitudes y aprendizajes importantes para la vida. Como decía Lerner, lo primero es conversar, dejar que ellos expresen lo que piensan y sienten, explicando los hechos y aclarando dudas. La vida de muchos ha sido afectada directamente (falta de agua, suspensión de las clases escolares) así que no es razonable pasar por alto lo que está pasando, o simplemente callarse.

Creo que es una ocasión insustituible para, con los niños mayores y adolescentes, poder conversar sobre algunos temas de fondo: las brechas y desigualdades que hacen que algunos peruanos sufran más que otros. No es casualidad que sean peruanos pobres los que sufran mayormente la pérdida de sus casas y sus bienes. No es casualidad que sean ellos los que construyen (o les dejan construir) en laderas de cerros y quebradas inundables. Igualmente, ayudar a entender que Lima no es el Perú; que los que vivimos en Lima no podemos ni debemos comenzar a hacer y actuar sólo cuando los problemas llegan a la puerta de nuestra casa. El Niño costero no comenzó en marzo; desde enero ya lo han sufrido los ciudadanos de Piura y Tumbes. Conversar sobre ellos puede ser muy importante.

El otro asunto es la solidaridad. Muchas cosas que hemos visto estos días pueden ser objeto para conversar y reflexionar con los hijos e hijas: la actitud de “sálvense quien pueda” de todos aquellos comprando agua y alimentos en supermercados, más allá de las necesidades razonables; la conducta execrable de quienes han lucrado, acaparando y luego vendiendo agua embotellada a precios exorbitantes; la actitud displicente y poco comprometida de algunas autoridades. Pero también lo contrario, las miles de acciones de solidaridad de tantas personas, compartiendo lo mucho o poco que tenían, como la de campesinos de Anta que donaron parte de los productos para los damnificados del norte, o la acción decidida de muchas autoridades.

Sin embargo, la solidaridad no se enseña hablando. Como dice Lerner, muchos padres han llevado a sus hijos a las actividades de solidaridad, o a entregar donaciones. No se trata de dar lo que sobra (de hecho, bastantes donativos que han llegado a centros de acopio han sido, simplemente, basura); se trata de compartir lo que tenemos y necesitamos. Pero muchos padres han aprovechado para enseñar el tema del cuidado del agua, de aprender a reducir al mínimo razonable el consumo, a hacer esos cambios de prácticas que se requieren en una ciudad como Lima, en medio del desierto y en procesos de transformación por el cambio climático.

En resumen, hay que aprovechar esto que estamos viviendo para aprender junto con los niños y niñas. Muchos recordarán lo que pasó en estas semanas difíciles. Que no sea simplemente una anécdota. Que podamos aprovecharlas realmente, pues la realidad entró a nuestras vidas como el lodo a las casas de muchos. Y debemos sacar lecciones para el futuro.

 

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Salvo dibujar…

(Publicada originalmente en la revista electrónica Enacción)

JoseLa maestra le dijo: “Salvador, estoy cansada que tengas tantos papeles desordenados en tu carpeta. Quiero que revises todo ello, guardes en tu folder lo que sirve y eches en la papelera lo que no sirve. ¿Entendiste?” Frunciste el ceño, hiciste un mohín y asentiste con la cabeza, pero no dijiste nada. Casi siete años en el sistema escolar te había enseñado que, para sobrevivir, debías acatar, aunque en el fondo siguieras decidido a seguir haciendo lo que te gustaba: dibujar. Porque eso es tu vida. Dibujar, dibujar, estar siempre dibujando. Tu cuarto está lleno de papeles y libretas que llenas con tus dibujos, con tus historias. A veces son los monstruos que te acosan en tu imaginación pero que mantienes a raya plasmándolos en una hoja blanca, con sus poderes intactos y sus mutaciones. También tus héroes, porque ¿no son los héroes la otra cara de la moneda de los villanos y los monstruos? Al fin y al cabo, todos son seres extraordinarios, con capacidad para volar, atravesar las paredes o controlar la mente. El Hombre Araña y el Capitán América habían sido tus preferidos, pero poco a poco comenzaste a inventar los tuyos propios, combinando poderes y debilidades como lo habías hecho antes con tus juegos de Lego. Cuando te compran un nuevo juego te demoras casi nada en armarlo según las instrucciones precisas y complejas que aprendiste a seguir, incluso antes de aprender a leer. Pero luego desarmas las piezas y las almacenas en las gavetas y cajones de tu cuarto donde están guardados los otros juegos y entonces se convierten en la materia prima para tus nuevas creaciones, esas sin manual pero que las imaginas primero en tu mente. Así son tus héroes ahora, combinación de muchos otros. Te has preguntado si los buenos pueden ser malos y los malos, buenos, porque, al final, son una mixtura de virtud y maldad, como somos las personas.

No te acuerdas cuando comenzaste a dibujar, pero estás seguro que fue cuando eras muy, muy chico. Tu mamá guarda algunas de tus libretas con tus creaciones seminales, que ahora te da vergüenza decir que son tuyas. Había un tiempo que conservaban todo lo que esbozabas, cada pedazo de tu creatividad, pero luego se cansaron. Era demasiado material y los estantes del librero de casa comenzaron a rebalsar. Muchas noches, cuando es hora de dormir, te llevas una libreta, tus lápices y una linterna, y te tapas con las sábanas para seguir dibujando un rato más metido en la cama. Hace un tiempo te prohibieron que dibujaras en el colegio, porque decían que no te concentrabas en lo que era realmente “importante”. Pero te las arreglabas para hacerlo en pedacitos de papel que escondías entre los libros y la ropa. “No para de dibujar”, te acusaban tus compañeras de mesa. Pero mientras más te lo prohibían, más insistías. Luego comenzaron a decir que tal vez serías un gran dibujante. Y tus compañeros te pedían que les ayudaras con los dibujos de las tareas, o simplemente pedían una de tus creaciones para sus cuadernos. “Salvador es un doer”- dijo una vez tu padre. “Lo leí en una parte; es un niño que siempre tiene que estar haciendo algo, siempre armando, siempre cortando, siempre dibujando”. Las terapias solo confirmaron que tenías que aprender a concentrarte. “Hacer esto me tranquiliza”, dijiste una vez en la terapia. Sí, porque vas a terapia desde hace tres o cuatro años. Sabes que tus padres o tus maestros la necesitarían más que tú, pero que estés en terapia deja a los adultos tranquilos, con la idea de que están haciendo lo correcto para ayudarte. Y no eres el único. Más de la mitad de tus compañeros están en alguna terapia. Algunos por ser muy traviesos e hiperactivos, otros por aprender lento; unos por expresar demasiado sus emociones, otros por no expresarlas. No conoces a ningún chico “normal”, y tal vez los que no van a terapia son los que han sabido escapar del sistema o porque sus familias no tienen suficiente plata para pagarla.

Además, las computadoras y el Internet: son parte de tu vida diaria, como de todos los chicos de tu edad. Has probado muchos juegos y preguntas por la clave de wifi donde vayas. Nadie te ha enseñado los programas; los aprendiste viendo videos. Recientemente, has aprendido a dibujar en la computadora y tú solo has instalado los programas que te permiten diseñar y llevar a tus héroes del papel a la pantalla. Pero, a diferencia de tus compañeros que se desesperan y no saben qué hacer cuando les quitan los aparatos o el Internet, tú nunca te aburres. Cuando no hay tablets o smartphones tu imaginación comienza a volar y basta un papel para tenerte animado y ocupado por horas. ¡Y pensar que tus profesoras dicen que nunca eres capaz de concentrarte por más de cinco minutos!

Despiertas, entonces, de la ensoñación que te llevó lejos por un momento. Tu maestra está en la otra parte de la sala, pero sabes que volverá por tu carpeta en cualquier momento para ver si has hecho lo que pidió. Así que, un poco resignado, comienzas a sacar todo lo que está dentro de tu carpeta y lo vas ordenando en dos grupos: en uno están los dibujos de X-Ray y su lucha galáctica con Superpez, y todos los borradores que elaboraste a lo largo de cuatro semanas; en el otro, las esquelas del colegio que nunca llevaste a la casa, las hojas de ejercicio de comunicación y matemática que hiciste de manera apurada, las fotocopias del curso de ciencia, con los gráficos sobre las fallas tectónicas y los terremotos, que debiste leer. Ahora sí, todo listo. Tomas tus dibujos y los guardas cuidadosamente en la carpeta; tomas las esquelas, los ejercicios y las fotocopias y las echas en la cesta de la basura. Y esperas con confianza a que regrese tu maestra. Has cumplido con la instrucción que te dio.


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¿Mucha información? Cómo entender y usar la información en la escuela

(Publicado originalmente en la Revista Electrónica Educacción)

AprenDes

Un reciente artículo de C.M. Rubin y Pasi Sahlberg (el conocido educador finlandés) en un blog para profesores de Australia nos ayuda a aproximarnos a un tema clave: el manejo de la información y su relación con los sistemas educativos y la mejora de los aprendizajes. ¿Sabemos cuánta información procesan los sistemas educativos? ¿Son útiles para mejorar los aprendizajes? ¿Qué rol tienen los maestros en todo esto? Son algunas de las preguntas que debemos plantearnos frente a esto.

Rubin y Sahlberg distinguen entre big data y small data, y esta distinción nos sirve para esta reflexión. La big data, o “gestión y análisis de enormes volúmenes de datos”, está asociada a esa gran cantidad de información que se colecta en los sistemas educativos, en base a pruebas estandarizadas (la prueba ECE, en nuestro caso), censos escolares u otros de mayor o menor escala. En los países industrializados, los sistemas educativos producen gran cantidad de información. El desarrollo de las tecnologías y la digitalización han ido generando una masa de información cada vez mayor. Las posibilidades son infinitas y es un tema que recién está comenzando. Ignasi Alcalde señala varios de los temas nuevos que han surgido en este campo: la minería de datos educativos, el Machine Learning, la inteligencia empresarial (Business Intelligence) ligada a la educación, o los análisis de redes sociales. Todas ellas apuntan a “hacer visible para los usuarios la información ´invisible´ contenida en bases de datos educativos, para poder tener un juicio más informado y poder tomar decisiones más acertadas.” Sin embargo, el desarrollo de la big data en educación no está libre de controversia. Manejar y analizar gran cantidad de información pueden ayudar a personalizar el aprendizaje, atendiendo las necesidades y particularidades de cada estudiante, pero abre un conjunto de dilemas éticos. La big data permitiría saber tanto sobre cada individuo, que puede convertirse en una suerte de big brother, como en las distopías imaginadas (por ejemplo, 1984, de Orwell) con el fin de controlar y manipular a las personas.

La small data, en cambio, es ese conjunto de información que pueden conseguir los propios docentes u otros actores del sistema educativo, basada en observación e instrumentos menos sofisticados. Puede incluir auto-evaluaciones de los propios estudiantes, notas del profesor de su propio trabajo en clase, encuestas sencillas, observaciones hechas en clase, en el patio, en otros momentos de trabajo pedagógico. Recordaba, igualmente, el trabajo que se hacía en las escuelas rurales del Proyecto AprenDes, en San Martín, que comenzaban el año escolar, padres, docentes y estudiantes, haciendo un gran mapa o maqueta de la comunidad, identificando la escuela en relación al barrio, las casas de los estudiantes y otras instituciones de la localidad como el centro de salud, la comisaría y otras organizaciones comunales.

La small data se vincula con lo que conocemos como evaluación formativa (ver aquí: 1, 2, 3) pues no trata solo de mirar el impacto del proceso educativo (que llamamos evaluación sumativa), sino que evalúa para apoyar el proceso de aprendizaje. Como dice Córdova, la evaluación formativa “es una de las que ofrece mayor riqueza de datos útiles para comprender, en toda su amplitud y profundidad, el proceder de las personas y que permite, por lo tanto, la posibilidad de intervenir y perfeccionar su desenvolvimiento o actuación.”

No se trata de producir y analizar información como un fin en sí mismo. Se necesita información para responder a asuntos específicos que son de utilidad para hacer más eficiente, eficaz y pertinente la tarea educativa: ¿Cuál es la realidad familiar de los niños y niñas que vienen a esta escuela? ¿Qué están aprendiendo? ¿Cuáles son las metodologías y estrategias que mejor funcionan? El análisis de la big data nos ofrece información muy sofisticada, tendencias, correlaciones y factores asociados. Pero muchos de estos análisis no llegan a la escuela de forma que puedan ayudar a directivos y maestros a mejorar sus estrategias cotidianas, para el trabajo con cada uno de los estudiantes. En el Perú se hace un gran esfuerzo para devolver los resultados de la ECE a las escuelas y a las familias, pero no tengo claridad si estos reportes “personalizados” generan algún efecto en cambios específicos de estrategias de enseñanza o involucramiento de las familias.

Sahlberg señala que datos como los de PISA son clave a los decisores de política para mejorar los sistemas educativos. Pero el análisis de esta big data sin incluir la small data de los mismos docentes puede llevar a resultados no esperados en la práctica.  De hecho, en países como Finlandia, los docentes y todo el equipo de soporte de la escuela, recogen y analizan mucha información sobre los estudiantes y los aprendizajes. Sahlberg cree que ambas son necesarias, y la combinación adecuada de big data y small data consigue lo que se llama good data, buena información.

Esto requiere, además, nuevas habilidades que debemos impulsar con los docentes. En primer lugar, desarrolla un genuino interés por saber más de sus estudiantes con el fin de poder ayudarlos mejor en base a una revisión y análisis de la información existente y la que puedan conseguir sobre ellos. Segundo, reflexiona sobre su práctica docente de manera tal que, en función a evidencias concretas que recoge basadas en observaciones, revisiones y la relación con los estudiantes y sus familias, la va ajustando para hacerla más pertinente en función de los estudiantes concretos con los que trabaja. Y finalmente, está abierto hacia la realidad y contexto de la escuela y la comunidad, sabiendo que no puede enseñar siempre igual, sino que debe adaptarse a las condiciones cambiantes del contexto. Varias de estas habilidades han sido recogidas en el Marco del Buen Desempeño Docente[7], sobre todo en la competencia 1 (“Conoce y comprende las características de todos sus estudiantes y sus contextos, los contenidos disciplinares que enseña, los enfoques y procesos pedagógicos, con el propósito de promover capacidades de alto nivel y su formación integral”), la competencia 5 (“Evalúa permanentemente el aprendizaje de acuerdo con los objetivos institucionales previsto, para tomar decisiones y retroalimentar a sus estudiantes y al a comunidad educativa, teniendo en cuenta las diferencias individuales y los contextos culturales”) y la competencia 8 (Reflexiona sobre su práctica y experiencia institucional y desarrolla procesos de aprendizaje continuo de modo individual y colectivo, para construir y afirmar su identidad y responsabilidad profesional”).[1]

Es cierto que se requiere tiempo y recursos para hacer esto, pero hay formas muy concretas en que los docentes pueden producir y analizar información en el aula, y ninguno, no importa su situación, debería limitarse para no hacerlo. Rebecca Alber, en un artículo en Edutopia sugiere hacer pequeñas encuestas, evaluaciones de las sesiones de clase. Los maestros deben observar lo que sucede en el aula, con formatos sencillos, y aprovechar las tareas, proyectos y exámenes para conocer mejor a sus alumnos. Las escuelas deben tener un file de cada estudiante, y en ellos existe mucha información que puede ser valiosa para entender mejor su trayectoria escolar, sus problemas y sus logros. Es verdad que hay temas éticos y de confidencialidad en el manejo de la información personal del estudiante, pero si es manejada de manera apropiada y reservada, esta es una fuente muy importante de información para conocer el contexto de la vida de los estudiantes, sus necesidades, sus intereses, y ajustar el trabajo educativo para poder atenderlos mejor.

Rubin y Sahlberg dicen que, a la larga, lo que previene a muchos sistemas educativos en usar la small data en función de mejores aprendizajes, es la falta de confianza en la capacidad de los maestros y el criterio de la escuela para decidir mejor qué hacer y cómo hacerlo.

En una época inundada por la información, la escuela no puede estar al margen de ella ni beneficiarse de lo que ella puede aportar por hacer los aprendizajes más efectivos y pertinentes. Impulsemos comunidades profesionales de docentes que producen y usan adecuadamente la información disponible y difundamos las mejores prácticas.

 

[1] Si miramos a nivel de los desempeños, los que están más vinculados a este tema son el 1, 7, 9, 25, 34 y 36.


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Se acabó el Mundial: una última reflexión

Se acabó el Mundial… Nos ha tenido en vilo durante durante muchos días y muchas tardes… Lo extrañaremos un poco. Pero, además de recordar buenos partidos y jugadores, podemos sacar provecho, en cuanto nos dice cosas sobre la vida ordinaria y sobre la educación.

Escuchaba, por ejemplo, el día de ayer una entrevista en la radio sobre los “avances tecnológicos” aceptados por la FIFA y cómo va a cambiar esto a manera como vemos el fútbol. Es verdad que la televisión y el re-play nos permiten ahora ver detalles que antes no se veían. Pero soy de los que creen que las tecnologías y sus mediciones no pueden transmitirnos toda la riqueza de este deporte, el desempeño de los equipos y de los jugadores, y mucho menos, la pasión, la emoción, la alegría de ganar el partido (o el Mundial) o la tristeza de perderlo. Por la misma razón el campeón puede sufrir la peor pérdida, y un equipo pequeño puede asestarle varios goles al que va adelante. Por eso creo que algunos norteamericanos, acostumbrados a deportes que se transmiten con flujos interminables de estadística (la velocidad de la pelota, el desempeño del jugador en los últimos 10, 50, 100 partidos, etc.) no lo entienden como tampoco pueden entender que un partido de fútbol haya sido extraordinario aunque pueda haber terminado empatado 0 a 0.

Pasa lo mismo en educación. El aprendizaje es un proceso personal irrepetible, influenciado por muchos factores. Los buenos maestros saben que sus estudiantes aprenden de manera distinta, con estilos y ritmos distintos. Un buen maestro es quien despliega una serie diversa de estrategias y experiencias que buscan interesar y motivar a los distintos estudiantes para generar aprendizajes. Por ello, las pruebas estandarizadas que se han ido desarrollando en varios países ayudan a medir aspectos de los aprendizajes pero no pueden medirlo todo. En Perú hay pruebas estandarizadas que miden comprensión lectora en 2do grado de primaria, pero no pueden medir el placer de leer, que es también algo que las maestras y maestros deben promover en sus estudiantes. Las pruebas estandarizadas miden competencias específicas, en un momento concreto del año, pero no pueden medir efectivamente el esfuerzo que hace el maestro, el desarrollo del niño y cómo puede ir avanzando en su progreso personal. Y, además, hay áreas más complicadas de medir como la educación ciudadana, el trabajo en equipo, el arte y otras competencias blandas en las que algunos países han hecho ensayos pero no es práctica usual.

No estoy en contra de las pruebas estandarizadas, pero creo que hay que darle su justo valor y no convertirlas en un fetiche. Ya lo han señalado expertos educacionales como Alfie Kohn o Deborah Meier en un país que, además, tiene mucha más experiencia y tecnología para aplicarlas regularmente. Las pruebas estandarizadas son importantes para ciertas decisiones de política pública y para definir algunas estrategias generales. Pero no pueden captar toda la riqueza del proceso educativo, que seguirá siendo el trabajo de las escuelas, en las que el director o directora y sus maestros tienen que buscar la manera de conseguir los objetivos esperados. Como ya decía, en educación los goles se meten en las escuelas, en cada aula. Y es el rol de todo el sistema educativo ayudar y darles instrumentos para que puedan buscar la mejor manera de hacer su trabajo.

La tecnología seguirá llegando al fútbol como a la educación. Pero que no nos haga olvidar de las cosas importantes. Algunos dicen que “lo que no se puede medir, no se puede gestionar”. Pero, ¿quién dice que todo se tiene que medir y todo se tiene que controlar? No dejemos que esta ilusión de medirlo todo ahogue el fútbol que seguiremos disfrutando y el trabajo de muchos maestros y maestras, que más allá de las pruebas estandarizadas hacen muchas cosas extraordinarias cada día.


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Novedades en Brooklyn: aulas numerosas, más apoyo pedagógico

He estado leyendo con interés el artículo de Sharon Otterman en el New York Times titulado “60 First Graders, 4 Teachers, One Loud New Way To Learn” [60 estudiantes de primer grado, 4 maestros, una nueva y sonora manera de aprender]. En él se describe el experimento que se está haciendo en una escuela en una zona difícil de Brooklyn, NY, la New American Academy, en la que, en vez de asignar un maestro por cada 25 estudiantes, cuenta con 4 maestros para un grupo de 60 niños del primer grado (un maestro experimentado y tres maestros nuevos)

El modelo se mantendrá hasta el 5to grado y los maestros permanecerán con los mismos niños todos los años con el fin de reforzar los procesos en base a un conocimiento cercano de los estudiantes, muchos de los cuales vienen de familias pobres o tienen problemas de discapacidad física o emocional, y en varios casos, son violentos.

El trabajo con los niños implica movimiento, trabajo en grupos diversos que se arman y reagrupan cada 40 minutos. Muchos ven estas experiencias con expectativa. Si bien las sesiones de clase pueden parecer más ruidosas, se propicia que los niños aprendan unos de otros y, sobre todo, hay un trabajo más colaborativo entre los maestros que les permite resolver los problemas y apoyarse para evitar el estrés y apoyar mejor a los estudiantes.


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Escolaridad e imaginación

(c) Waterson / Quino

Mafalda y Calvin&Hobbes son mis preferidos. A pesar de que ya conozco muchas de las tiras casi de memoria, no dejar de sorprenderme. Y las espero todos los días en El Comercio, como este pasado sábado.

No es raro que el tema de la cultura escolar nos asombre mediante la genialidad de Bill Watterson y Quino. Calvin y Felipe son dos tipos opuestos, estereotipos del travieso y del angustiado. Pero son niños, al fin y cal cabo, y gracias a Dios la escolaridad no ha matado aún su capacidad de imaginación, de juego, de transgresión. Es cierto, cada uno lo vive a su manera, pero el efecto es el mismo. Y, sobre todo, es una llamada a la escuela, a los maestros, a revisar nuevamente los métodos, los ejercicios, las tareas, a ver si consiguen ser relevantes, pertinentes y estimulan la intriga y la curiosidad…


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Ingredientes para el cambio escolar

Roberto Barrientos, en su blog Pensando en Educación comenta un libro publicado a comienzos de este año titulado Organizing Schools for Improvement: Lessons from Chicago [Organizando escuelas para la mejora: lecciones de Chicago] escrito por Bryk, Sebring, Allensworth, Luppescu & Easton, del Consortium on School Research de la Universidad de Chicago. Luego de un amplio trabajo de campo con escuelas primarias, dichos autores concluyen que las razones para mejorar en lenguaje y matemáticas en un periodo de 7 años se debe principalmente a cinco factores esenciales: a)  el liderazgo del director; b) los vínculos entre la escuela y los padres de familia y comunidad; c) el desarrollo profesional del equipo de maestros; d) el clima de aprendizaje en las aulas; e) y la guía para mejorar la enseñanza.

Muchos de estos “ingredientes” de éxito no son desconocidos por nosotros, pero lo interesante del trabajo es que han podido medir  el impacto de dichos factores. Según ellos, las escuelas que mostraron fortalezas en los 5 aspectos tenían 10 veces más opciones de mejorar los resultados de los estudiantes en lenguaje y matemáticas que aquellas que sólo mostraban fortalezas en uno de los actores. El estudio también ha mostrado la interdependencia de los factores dado que, en los casos de las escuelas que mostraron una debilidad persistente en uno de los factores, esto sólo bloqueó para que se pudiera mejorar en algo los niveles de aprendizaje de los estudiantes.

Gracias, Roberto por la referencia a este trabajo. El prólogo del libro puede verse aquí. Hubo además un simposio en la misma Universidad de Chicago con los autores y he aquí algunos de los materiales de esa reunión.