Intriga Personal

“Me apasiona la enseñanza; disfruto, quizá de un modo narcisista, induciendo en los demás el interés por problemas que me intrigan personalmente” Jerome Bruner


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Los ritos de la Patria

En estos días hay muchos limeños que buscan escapar de la capital, algunos más cerca (Lunahuana, Canta, Huacho), otros más lejos o incluso al extranjero. Otros se quedarán en Lima, planificando salir a comer, visitar algún museo o ir al Parque de las Leyendas o al cine. La minoría es la que estará atenta a las celebraciones patrióticas, pero sin entender mucho los ritos de la patria, esa liturgia que se repite año tras años en las mismas fechas, con la clase gobernante de turno y de los que, al igual que los ritos religiosos de Semana Santa (no tanto los populares como el Señor de los Milagros o Santa Rosa), se ha ido olvidando su significado. En los colegios se enseñan algunas fechas, algunos nombres, algunas frases (“Desde este momento, el Perú es libre….”), algunos símbolos, pero el sentido integral se nos escapa.

Sin embargo, hay historiadores como Pablo Ortemberg que han estudiado el tema y han mostrado como el ritual político del 28 de julio se enlaza con la tradición que ya había en la colonia para el recibimiento de los virreyes o la proclamación de los nuevos reyes en España. Es claro que el Libertador San Martín y el grupo de patriotas que entraron a Lima el 15 de julio de 1821 querían marcar la diferencia, pero buscar al mismo tiempo ganarse a la población de Lima, sobre todo a la élite y a los notables. Según Ortemberg, el ritual del 28 de julio de 1821 permitió sellar simbólicamente la negociación que hizo San Martín con los líderes limeños, con el fin de ganar más adeptos a la causa y continuar la guerra que todavía continuaba, teniendo aún un grueso número de tropas españolas en la sierra.

La proclamación de la Independencia se programó para el sábado 28 de julio porque, según instrucciones claras de San Martín, se hizo siguiendo el modelo de la proclamación de la Constitución de Cádiz de 1812 y no la de nuevos reyes, cuando se daba el caso. Se hizo en dos días separados: la proclamación el sábado 28 y la misa de acción de gracias y el Te Deum el domingo 29. El viernes 27 la celebración comenzó con repiques de campanas, fuegos artificiales y música a cargo de una orquesta. El día 28 hubo actos en cuatro tabladillos levantados en 4 lugares de la ciudad: la Plaza Mayor, la plazuela de la Merced, la plaza de Santa Ana y la de la Inquisición. El Cabildo, autoridades religiosas y otros notables marcharon a caballo junto a San Martín. El Marqués de Montemira, al lado de San Martín, llevaba el estandarte con la nueva bandera nacional, con el aspecto de los antiguos pendones reales, marcando la continuidad pero también el cambio. Al día siguiente, el estandarte nacional fue introducido en la catedral y presidió la ceremonia desde el Altar Mayor, afirmando, según Ortemberg, “el carácter sagrado de la fundación de un nuevo Estado.” En la tarde hubo una corrida de toros y más tarde, el Cabildo ofreció una fiesta a los vecinos distinguidos, con vino, ron y cerveza.

El domingo 29, luego de la misa en la catedral, en la que participaron todas las autoridades y gremios, en la que no faltó el sermón patriótico, las corporaciones se dirigieron a sus dependencias a cumplir el juramento que ordenó San Martín. El Cabildo, por ejemplo, se reunió en la sala principal. La ceremonia es similar a la que se sigue hasta hoy en la juramentación de los miembros del Ejecutivo. Se colocó en un estrado el estandarte y una Biblia. Cada una de las autoridades, de rodillas y poniendo la mano derecha sobre los Evangelios repitió esta fórmula: “¿Juráis a Dios y a la Patria sostener y defender con vuestra opinión, persona y propiedades la independencia del Perú del gobierno español y de cualquier otra dominación extranjera?” Respondieron: “Sí, juro.” Finalmente: “Si así lo hiciereis, Dios os ayude y si no Él y la Patria os lo demanden.”

Muchos no comprenden ya el significado de estos ritos patrióticos. Están más interesados en el discurso del Presidente en el Congreso, qué vestido llevará la Primera Dama o si faltó alguna autoridad a la Misa y el Te Deum. Es necesario reivindicar el sentido de los símbolos, como la alianza de bodas nos recuerda el matrimonio. Es necesario recordar que la Patria sigue siendo una tarea inconclusa. Cuando San Martín proclamó la Independencia en Lima faltaban largos años para conquistarla realmente. Estar unidos bajo una misma bandera no nos hizo una nación de inmediato. El “Somos Libres” es una tarea permanente hasta que venzamos totalmente la pobreza, la desigualdad, la desnutrición crónica o el analfabetismo funcional porque nadie puede ser libre si no puede ejercer los derechos, si todos los peruanos no pueden hacerlo. Igualmente, como ya lo he señalado en otro post, el lema nacional “Firme y Feliz por la Unión” nos seguirá exigiendo hacer realidad esa promesa de la vida peruana, como decía Basadre, de felicidad y prosperidad para todos los ciudadanos.

Creo que hay que recuperar los ritos de la patria, hacer nuevamente docencia con ellos, y recordarles a las presentes y a las futuras generaciones que todos aquellos que lucharon por ellas, no sólo los prohombres de la Independencia de 1821, sino más bien todos aquellos que comenzaron a pensar un país distinto en Tacna en 1811, en Huánuco en 1812, en Cusco en 1814, no vivieron y murieron en vano. Un país sin memoria no llegará nunca a ser grande.


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¿Es posible el fair play en la política peruana?

La política peruana está desprestigiada. No hay político peruano cuyo porcentaje de aprobación sea mayor que su desaprobación. Según un estudio del año pasado más del 41% de los peruanos no se identifica con ninguna tendencia ideológica, y mucho menos milita en partidos políticos. Está instalada muy fuertemente la idea de que los políticos son, por defecto, inmorales, corruptos y mentirosos. Como dice Mario Vargas Llosa en una reciente entrevista, los jóvenes tienen hoy una actitud cínica ante la política y piensan que dedicarse a ella “es una pérdida de tiempo”.
Sin embargo, sin gente profesional y honesta que acepte involucrarse en el Estado es imposible avanzar en los objetivos de justicia e inclusión social, para que todos nuestros conciudadanos ejerzan sus derechos y reciban los servicios que se merecen. En base a mi experiencia de casi tres años como viceministro, quiero destacar algunas ideas que me llevan a creer que sí es posible el fair play en la política peruana. Igual que en el futbol, las malas prácticas pueden ayudar a salvar el momento, pero no permiten construir una selección mundialista:
1. Es necesario reivindicar el sentido del servicio público. Todos los que trabajan en el Estado son, desde el Presidente hasta el último funcionario, servidores públicos. En todo este tiempo he encontrado mucha gente que, sin muchos aspavientos, trabaja de manera honrada y comprometida, con horarios extendidos que los obligan muchas veces a sacrificar tiempo de sus familias y tiempo personal. Por cada caso de corrupción que involucra a algún funcionario público hay otras 10 o 100 personas que trabajan arduamente cada día.
2. Es urgente darle un significado nuevo a la noción de autoridad en el Estado. En todo este tiempo he conocido varias personas con una visión distinta, convencidos de la importancia de liderar con el ejemplo, conscientes de que es mejor persuadir que mover a otros por imposición o temor. Directores, coordinadores de equipo, acompañantes pedagógicos: hay mucha más gente con esta visión de liderazgo que la que uno cree y éste es el verdadero sostén de las reformas y de muchas iniciativas que se han desarrollado en estos años. Necesitamos más autoridades que sean líderes y no sólo jefes.
3. En la función pública es necesario tomar decisiones. Pero la rigidez de muchas normas incentivan lo contrario: por ello hay varios funcionarios que prefieren no actuar para no equivocarse y por tanto no ser sancionados. Pero no son la mayoría. Existe la ilusión de que la “Alta Dirección” es la que toma las decisiones, pero lo cierto es que, para que los materiales sean distribuidos, la capacitación de los maestros se realice, o el mantenimiento de las escuelas se haga, se requiere una cadena de decisiones articuladas, lo que permite que la gestión sea efectiva. Todos decidimos, y es deseable, bajo un liderazgo claro de las más altas autoridades, que caminemos todos en la misma dirección.
4. Ante las múltiples demandas, es urgente priorizar. Cuando uno está en la gestión pública se ve confrontado con muchas necesidades y demandas. Uno se mueve al ritmo de tres tiempos: los temas del día a día, los temas de fondo (que generalmente son de mediano y largo plazo) y las urgencias (mediáticas, en gran parte). Muchos se pierden en el día a día y se estresan con las emergencias. Pero he encontrado también muchos colegas que no renuncian a las reformas de fondo, aquellas que son las que van consiguiendo crear un Estado más eficiente, servicios oportunos al ciudadano, una lógica descentralizada, participativa y transparente.
5. No hay fair play si transamos con la corrupción. Creo que tenemos que insistir en una política de cero corrupción, ni la grande ni la pequeña. Desde la perspectiva de servidores públicos debemos reconocer que todos protegemos los bienes e intereses del Estado porque son, al fin y al cabo, los bienes e intereses de nuestros conciudadanos.
6. Finalmente, no siempre es posible decir la verdad, pero esto no implica mentir. Cuando uno está en política sabe que no siempre es conveniente o posible decir todo lo que se sabe o piensa. Pero se pueden decir las cosas de cierta manera, destacando algunos puntos sobre otros. No es verdad que todos los políticos sean mentirosos. Hay mucha gente que hace su trabajo sin presumir, de manera trasparente.
Sí es posible jugar bien en la política, sin meter mano, sin lesionar al rival y con la mirada puesta en lo que realmente importa, que es un mejor país. Me siento contento de formar parte de un grupo que ha jugado así en los tres años recientes y sé que hay muchos más que lo hacen y harán desde distintos lugares y responsabilidades en el Estado.


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Sentencia a Fujimori

La lectura de la sentencia de Fujimori permitió hacer memoria de lo que fue la forma de actuar de su gobierno: el control del Estado, la impunidad, el sistema legal acomodado a los intereses del gobierno, las leyes promulgadas en la madrugada, el cinismo generalizado en nombre de los intereses nacionales, la estrategia psicológica y la desinformación a través de la prensa “chicha”, el desprecio de las instituciones democráticas, los premios al grupo Colina, la amnistía, la mantención en sus cargos de jefes militares como Hermoza Ríos u otros. “Está probado… está probado…” La sentencia nos ha recordado que los casos de Barrios Altos y La Cantuta no fueron hechos aislados, sino que fueron posible por una arquitectura del poder que puso en manos de pocos, sin contrapesos ni control democrático, para poder hacer lo que fuera, incluso “eliminar” a personas, con el fin de cumplir los objetivos.

Es claro que la memoria es frágil. Tendemos a olvidarnos de muchos de estos acontecimientos de la década pasada. Estoy convencido que el juicio a Fujimori es y debe ser una buena oportunidad para recordar a la población, y sobre todo a los adolescentes y jóvenes que no vivieron estos hechos y tienden a idealizar la figura de Fujimori, su lucha contra el terrorismo, el modelo económico. Si Fujimori se preciaba de dirigir personalmente la política de “pacificación”, ¿cómo fue posible que unidad del SIN llevara a cabo los crímenes de Barrios Altos y La Cantuta sin su conocimiento, siendo él el Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas? Si él mismo afirma que fueron “excesos” por qué las acciones posteriores para proteger a los asesinos, amnistiarlos, premiarlos!!!

No podemos permitir que se vuelva a repetir algo así. Hoy hemos visto una lección de democracia. El Perú está dando una lección al mundo y hay que felicitar a nuestro sistema judicial que, a pesar de sus obvias limitaciones, ha llevado a adelante un proceso impecable. No puede permitirse más el terrorismo de Estado, en nombre de la democracia.


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Juicio a Fujimori: función pedagógica

Luis Pásara, en el Blog Espacio Compartido, recuerda que el juicio de Fujimori, como otros casos de esta envergadura, tienen una función pedagógica. Según Pásara, “el ciudadano de a pie debería aprender mediante el proceso que, también en el caso del pez grande, la responsabilidad se establece y la condena se dicta a través de un proceso justo.” Sin embargo, analiza luego los resultados de una última encuesta de la PUCP sobre la percepción del juicio de Fujimori ante la opinión pública. Según él, lo que llama más la atención de la encuesta es la visión que tiene la población de que Fujimori no será condenado por todos los cargos que se le imputa, sino sólo por algunos (a pesar de que el porcentaje que lo considera culpable se ha mantenido constante desde octubre del 2007). Es, pues, según Pásara un cambio en la percepción de imparcialida del tribunal lo que ha cambiado en estos meses.

Sean cuales sean los resultados que se darán a conocer en estos días, es necesario volver sobre la idea primera de Pásara: no hay nadie sobre la ley, no debe haber impunidad. Si bien todos merecemos un trato digno y un juicio justo, no hay ningún peruano (y mucho más los que han desempeñado cargos de responsabilidad pública) que deba estar al margen de la justicia por lo que sucedió en los años de la violencia política en nuestro país. Los niños y los jóvenes de nuestro país, aquellos que estudian en nuestras escuelas deben recibir un mensaje contundente de que la vida de las personas, de los peruanos de cualquier situación y condición son más importantes que cualquier otra cosa: las personas y sus derechos es el fin primero del Estado, de la misma manera como no se puede sacrificar el bien de los niños en el sistema escolar en nombre de cualquier otra cosa, por importante que parezca. Si bien la historia juzgará el rol de Fujimori en el futuro, esto no exime que aquellos que hemos vivido durante su periodo como presidente podamos expresar nuestras opiniones y puntos de vista. Y nos alegramos porque se le haya podido llevar a juicio para responder por sus actos, y no se siga propiciando esta política del “perro muerto” que es tan popular y tan celebrada como parte del “ingenio” y “criollismo” peruano, es decir, hacer las cosas y no asumir las consecuencias. Si avanzamos en esto podemos ir transformando un poco el país y hacer de esto una verdadera lección ciudadana que puede y debe analizarse en las escuelas.