Intriga Personal

“Me apasiona la enseñanza; disfruto, quizá de un modo narcisista, induciendo en los demás el interés por problemas que me intrigan personalmente” Jerome Bruner


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El bicentenario olvidado

¿Qué hubiera pasado si hubiera triunfado la rebelión de los hermanos Angulo, el cura Béjar y el cacique Mateo Pumacahua, se pregunta Natalia Sobrevilla, en uno delos ensayos de Contra-Historia del Perú? El 3 de agosto de 1814, hace 200 años, los sublevados tomaron los cuarteles de Cusco y apresaron al regente de la audiencia y a los oidores. Comenzaba así una de las sagas que algunos han llamado la rebelión de Cusco, parte de esos Otros Bicentenarios de la Independencia en el Perú, que no llegó a cristalizarse por la acción férrea e inteligente del virrey español de entonces, Fernando de Abascal.

Luego de esto, los sublevados crearon una Junta autónoma de gobierno en Cusco. Ellos juraron la Constitución Liberal de Cádiz de 1812 y crearon una nueva bandera de colores azul y blanco. La Junta del Cusco envió tres expediciones para expandir la causa: una hacia Puno y La Paz, comandada por el arequipeño Juan Manuel Pinelo y el tucumano Idelfonso Muñecas, que fue exitosas; otra hacia el la sierra central bajo el mando del argentino Manuel Hurtado de Mendoza, que tomó Huamanga y Huancayo, pero que fueron derrotados por tropas realistas del virrey en Huanta y Matará; y el tercer grupo, dirigido por Mateo Pumacahua y Vicente Angulo, hacia Arequipa, quienes vencieron a las tropas del rey en la batalla de La Apacheta, el 10 de noviembre de 1814.

Sin embargo, los realistas organizaron un ejército mayor en el Alto Perú (hoy Bolivia). Vencieron a los patriotas en noviembre, cerca de La Paz. Las tropas realistas retomaron Arequipa en diciembre. En febrero salieron para enfrentar a las tropas de Angulo y Pumacahua, y la batalla decisiva se realizó cerca de Ayaviri (Puno), el 11 de marzo de 1815, en Umachiri. Pese a tener inferioridad numérica, el ejército español era más disciplinado y consiguió vencer a los patriotas. Muchos de éstos últimos fueron fusilados allí mismo, entre ellos el poeta arequipeño Mariano Melgar. Mateo Pumacahua fue apresado en Sicuani y sentenciado a morir decapitado, cosa que ocurrió el 17 de marzo. Los realistas tomaron Cusco y los hermanos Angulo fueron ejecutados, el 29 de mayo. Habría que esperar otros 5 años más para que los gritos de independencia se escucharan en estas tierras, cuando llegó San Martín con el Ejército Libertador, desde Chile.

La rebelión de los hermanos Angulo y Pumacahua debe ser revalorada. Como dice Antonio Zapata tiene varios elementos que hay que destacar: 1) comenzó en la sierra, en el interior del país; 2) fue impulsada por peruanos (y no la historia oficial que sigue insistiendo que la Independencia llegó con San Martín y Bolívar); 3) movilizó españoles, indios y mestizos bajo una causa común; 4) y si bien la figura de Pumacahua no deja de ser controversial (enemigo de Túpac Amaru en 1780, desencantado de los españoles al cambiar el siglo) no deja de ser un prócer de la Independencia que merece reconocimiento y admiración. De hecho, Pumacahua ha inspirado un videojuego que puede ser descargado de la web y que permite aprender de nuestra historia.

¿Qué hubiera pasado, entonces? Sobrevilla cree que se hubiera instaurado un gobierno monárquico, en el espíritu de las Cortes de Cádiz. Probablemente, Perú y Bolivia no hubiesen sido desgajados y el rol del Perú en el continente sería distinto. Pero, asimismo, se hubiera forjado una nueva nación que no hubiera abandonado sus tradiciones incas como la que nació en 1821. Sólo queda imaginar.


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Los ritos de la Patria

En estos días hay muchos limeños que buscan escapar de la capital, algunos más cerca (Lunahuana, Canta, Huacho), otros más lejos o incluso al extranjero. Otros se quedarán en Lima, planificando salir a comer, visitar algún museo o ir al Parque de las Leyendas o al cine. La minoría es la que estará atenta a las celebraciones patrióticas, pero sin entender mucho los ritos de la patria, esa liturgia que se repite año tras años en las mismas fechas, con la clase gobernante de turno y de los que, al igual que los ritos religiosos de Semana Santa (no tanto los populares como el Señor de los Milagros o Santa Rosa), se ha ido olvidando su significado. En los colegios se enseñan algunas fechas, algunos nombres, algunas frases (“Desde este momento, el Perú es libre….”), algunos símbolos, pero el sentido integral se nos escapa.

Sin embargo, hay historiadores como Pablo Ortemberg que han estudiado el tema y han mostrado como el ritual político del 28 de julio se enlaza con la tradición que ya había en la colonia para el recibimiento de los virreyes o la proclamación de los nuevos reyes en España. Es claro que el Libertador San Martín y el grupo de patriotas que entraron a Lima el 15 de julio de 1821 querían marcar la diferencia, pero buscar al mismo tiempo ganarse a la población de Lima, sobre todo a la élite y a los notables. Según Ortemberg, el ritual del 28 de julio de 1821 permitió sellar simbólicamente la negociación que hizo San Martín con los líderes limeños, con el fin de ganar más adeptos a la causa y continuar la guerra que todavía continuaba, teniendo aún un grueso número de tropas españolas en la sierra.

La proclamación de la Independencia se programó para el sábado 28 de julio porque, según instrucciones claras de San Martín, se hizo siguiendo el modelo de la proclamación de la Constitución de Cádiz de 1812 y no la de nuevos reyes, cuando se daba el caso. Se hizo en dos días separados: la proclamación el sábado 28 y la misa de acción de gracias y el Te Deum el domingo 29. El viernes 27 la celebración comenzó con repiques de campanas, fuegos artificiales y música a cargo de una orquesta. El día 28 hubo actos en cuatro tabladillos levantados en 4 lugares de la ciudad: la Plaza Mayor, la plazuela de la Merced, la plaza de Santa Ana y la de la Inquisición. El Cabildo, autoridades religiosas y otros notables marcharon a caballo junto a San Martín. El Marqués de Montemira, al lado de San Martín, llevaba el estandarte con la nueva bandera nacional, con el aspecto de los antiguos pendones reales, marcando la continuidad pero también el cambio. Al día siguiente, el estandarte nacional fue introducido en la catedral y presidió la ceremonia desde el Altar Mayor, afirmando, según Ortemberg, “el carácter sagrado de la fundación de un nuevo Estado.” En la tarde hubo una corrida de toros y más tarde, el Cabildo ofreció una fiesta a los vecinos distinguidos, con vino, ron y cerveza.

El domingo 29, luego de la misa en la catedral, en la que participaron todas las autoridades y gremios, en la que no faltó el sermón patriótico, las corporaciones se dirigieron a sus dependencias a cumplir el juramento que ordenó San Martín. El Cabildo, por ejemplo, se reunió en la sala principal. La ceremonia es similar a la que se sigue hasta hoy en la juramentación de los miembros del Ejecutivo. Se colocó en un estrado el estandarte y una Biblia. Cada una de las autoridades, de rodillas y poniendo la mano derecha sobre los Evangelios repitió esta fórmula: “¿Juráis a Dios y a la Patria sostener y defender con vuestra opinión, persona y propiedades la independencia del Perú del gobierno español y de cualquier otra dominación extranjera?” Respondieron: “Sí, juro.” Finalmente: “Si así lo hiciereis, Dios os ayude y si no Él y la Patria os lo demanden.”

Muchos no comprenden ya el significado de estos ritos patrióticos. Están más interesados en el discurso del Presidente en el Congreso, qué vestido llevará la Primera Dama o si faltó alguna autoridad a la Misa y el Te Deum. Es necesario reivindicar el sentido de los símbolos, como la alianza de bodas nos recuerda el matrimonio. Es necesario recordar que la Patria sigue siendo una tarea inconclusa. Cuando San Martín proclamó la Independencia en Lima faltaban largos años para conquistarla realmente. Estar unidos bajo una misma bandera no nos hizo una nación de inmediato. El “Somos Libres” es una tarea permanente hasta que venzamos totalmente la pobreza, la desigualdad, la desnutrición crónica o el analfabetismo funcional porque nadie puede ser libre si no puede ejercer los derechos, si todos los peruanos no pueden hacerlo. Igualmente, como ya lo he señalado en otro post, el lema nacional “Firme y Feliz por la Unión” nos seguirá exigiendo hacer realidad esa promesa de la vida peruana, como decía Basadre, de felicidad y prosperidad para todos los ciudadanos.

Creo que hay que recuperar los ritos de la patria, hacer nuevamente docencia con ellos, y recordarles a las presentes y a las futuras generaciones que todos aquellos que lucharon por ellas, no sólo los prohombres de la Independencia de 1821, sino más bien todos aquellos que comenzaron a pensar un país distinto en Tacna en 1811, en Huánuco en 1812, en Cusco en 1814, no vivieron y murieron en vano. Un país sin memoria no llegará nunca a ser grande.