Intriga Personal

“Me apasiona la enseñanza; disfruto, quizá de un modo narcisista, induciendo en los demás el interés por problemas que me intrigan personalmente” Jerome Bruner


Deja un comentario

Salvo dibujar…

(Publicada originalmente en la revista electrónica Enacción)

JoseLa maestra le dijo: “Salvador, estoy cansada que tengas tantos papeles desordenados en tu carpeta. Quiero que revises todo ello, guardes en tu folder lo que sirve y eches en la papelera lo que no sirve. ¿Entendiste?” Frunciste el ceño, hiciste un mohín y asentiste con la cabeza, pero no dijiste nada. Casi siete años en el sistema escolar te había enseñado que, para sobrevivir, debías acatar, aunque en el fondo siguieras decidido a seguir haciendo lo que te gustaba: dibujar. Porque eso es tu vida. Dibujar, dibujar, estar siempre dibujando. Tu cuarto está lleno de papeles y libretas que llenas con tus dibujos, con tus historias. A veces son los monstruos que te acosan en tu imaginación pero que mantienes a raya plasmándolos en una hoja blanca, con sus poderes intactos y sus mutaciones. También tus héroes, porque ¿no son los héroes la otra cara de la moneda de los villanos y los monstruos? Al fin y al cabo, todos son seres extraordinarios, con capacidad para volar, atravesar las paredes o controlar la mente. El Hombre Araña y el Capitán América habían sido tus preferidos, pero poco a poco comenzaste a inventar los tuyos propios, combinando poderes y debilidades como lo habías hecho antes con tus juegos de Lego. Cuando te compran un nuevo juego te demoras casi nada en armarlo según las instrucciones precisas y complejas que aprendiste a seguir, incluso antes de aprender a leer. Pero luego desarmas las piezas y las almacenas en las gavetas y cajones de tu cuarto donde están guardados los otros juegos y entonces se convierten en la materia prima para tus nuevas creaciones, esas sin manual pero que las imaginas primero en tu mente. Así son tus héroes ahora, combinación de muchos otros. Te has preguntado si los buenos pueden ser malos y los malos, buenos, porque, al final, son una mixtura de virtud y maldad, como somos las personas.

No te acuerdas cuando comenzaste a dibujar, pero estás seguro que fue cuando eras muy, muy chico. Tu mamá guarda algunas de tus libretas con tus creaciones seminales, que ahora te da vergüenza decir que son tuyas. Había un tiempo que conservaban todo lo que esbozabas, cada pedazo de tu creatividad, pero luego se cansaron. Era demasiado material y los estantes del librero de casa comenzaron a rebalsar. Muchas noches, cuando es hora de dormir, te llevas una libreta, tus lápices y una linterna, y te tapas con las sábanas para seguir dibujando un rato más metido en la cama. Hace un tiempo te prohibieron que dibujaras en el colegio, porque decían que no te concentrabas en lo que era realmente “importante”. Pero te las arreglabas para hacerlo en pedacitos de papel que escondías entre los libros y la ropa. “No para de dibujar”, te acusaban tus compañeras de mesa. Pero mientras más te lo prohibían, más insistías. Luego comenzaron a decir que tal vez serías un gran dibujante. Y tus compañeros te pedían que les ayudaras con los dibujos de las tareas, o simplemente pedían una de tus creaciones para sus cuadernos. “Salvador es un doer”- dijo una vez tu padre. “Lo leí en una parte; es un niño que siempre tiene que estar haciendo algo, siempre armando, siempre cortando, siempre dibujando”. Las terapias solo confirmaron que tenías que aprender a concentrarte. “Hacer esto me tranquiliza”, dijiste una vez en la terapia. Sí, porque vas a terapia desde hace tres o cuatro años. Sabes que tus padres o tus maestros la necesitarían más que tú, pero que estés en terapia deja a los adultos tranquilos, con la idea de que están haciendo lo correcto para ayudarte. Y no eres el único. Más de la mitad de tus compañeros están en alguna terapia. Algunos por ser muy traviesos e hiperactivos, otros por aprender lento; unos por expresar demasiado sus emociones, otros por no expresarlas. No conoces a ningún chico “normal”, y tal vez los que no van a terapia son los que han sabido escapar del sistema o porque sus familias no tienen suficiente plata para pagarla.

Además, las computadoras y el Internet: son parte de tu vida diaria, como de todos los chicos de tu edad. Has probado muchos juegos y preguntas por la clave de wifi donde vayas. Nadie te ha enseñado los programas; los aprendiste viendo videos. Recientemente, has aprendido a dibujar en la computadora y tú solo has instalado los programas que te permiten diseñar y llevar a tus héroes del papel a la pantalla. Pero, a diferencia de tus compañeros que se desesperan y no saben qué hacer cuando les quitan los aparatos o el Internet, tú nunca te aburres. Cuando no hay tablets o smartphones tu imaginación comienza a volar y basta un papel para tenerte animado y ocupado por horas. ¡Y pensar que tus profesoras dicen que nunca eres capaz de concentrarte por más de cinco minutos!

Despiertas, entonces, de la ensoñación que te llevó lejos por un momento. Tu maestra está en la otra parte de la sala, pero sabes que volverá por tu carpeta en cualquier momento para ver si has hecho lo que pidió. Así que, un poco resignado, comienzas a sacar todo lo que está dentro de tu carpeta y lo vas ordenando en dos grupos: en uno están los dibujos de X-Ray y su lucha galáctica con Superpez, y todos los borradores que elaboraste a lo largo de cuatro semanas; en el otro, las esquelas del colegio que nunca llevaste a la casa, las hojas de ejercicio de comunicación y matemática que hiciste de manera apurada, las fotocopias del curso de ciencia, con los gráficos sobre las fallas tectónicas y los terremotos, que debiste leer. Ahora sí, todo listo. Tomas tus dibujos y los guardas cuidadosamente en la carpeta; tomas las esquelas, los ejercicios y las fotocopias y las echas en la cesta de la basura. Y esperas con confianza a que regrese tu maestra. Has cumplido con la instrucción que te dio.

Anuncios


2 comentarios

Novedades en Brooklyn: aulas numerosas, más apoyo pedagógico

He estado leyendo con interés el artículo de Sharon Otterman en el New York Times titulado “60 First Graders, 4 Teachers, One Loud New Way To Learn” [60 estudiantes de primer grado, 4 maestros, una nueva y sonora manera de aprender]. En él se describe el experimento que se está haciendo en una escuela en una zona difícil de Brooklyn, NY, la New American Academy, en la que, en vez de asignar un maestro por cada 25 estudiantes, cuenta con 4 maestros para un grupo de 60 niños del primer grado (un maestro experimentado y tres maestros nuevos)

El modelo se mantendrá hasta el 5to grado y los maestros permanecerán con los mismos niños todos los años con el fin de reforzar los procesos en base a un conocimiento cercano de los estudiantes, muchos de los cuales vienen de familias pobres o tienen problemas de discapacidad física o emocional, y en varios casos, son violentos.

El trabajo con los niños implica movimiento, trabajo en grupos diversos que se arman y reagrupan cada 40 minutos. Muchos ven estas experiencias con expectativa. Si bien las sesiones de clase pueden parecer más ruidosas, se propicia que los niños aprendan unos de otros y, sobre todo, hay un trabajo más colaborativo entre los maestros que les permite resolver los problemas y apoyarse para evitar el estrés y apoyar mejor a los estudiantes.


1 comentario

Lectura y tecnologías

(c) Fernando Bolaños

¿Hay que prohibir que los chicos entren en Internet? ¿Horas obligatorias para la lectura durante las vacaciones? Son algunas de las preguntas que nos hacemos los padres en el verano, cuando la tentación de los chicos es pasarse muchas hora en la computadora. Según este artículo de El País (“Los internautas leen mejor“, el asunto no sería tan grave. Un estudio en España revela que los chicos que usan Internet tienen mayor comprensión lectora. Sin embargo, una conclusión interesante del estudio es reconocer el divorcio que existe entre la lectura por placer y la lectura para el aprendizaje. Miguel Ángel Marzal de la Universidad Carlos III de Madrid dice “El chico se enseña en la escuela, pero se educa en el ciberespacio. La escuela y la enseñanza son un currículo académico, reglado, cuyo sentido es aprobar un curso para pasar al siguiente. Es un aprendizaje ajeno a la realidad inmediata del chico, que sin embargo sí encuentra un espejo perfecto de sus inquietudes en el ciberespacio.”

Por todo esto, no hay que crear una falsa dicotomía entre lectura y tecnologías. Nuevos instrumentos como el IPad ofrecen la posibilidad de aumentar el interés de los niños por la lectura en formato digital. Y aunque no debe perderse el gusto por el texto impreso, por el placer de pasar las páginas, no dejemos que los prejuicios por las tecnologías nos oculten lo que es realmente importante: descubrir o redescubrir el placer de leer, de dejarnos llevar por las historias, enriquecer la imaginación, vivir otros mundos y otras historias.


1 comentario

Lo que realmente les importa

(c) Frato

 Como en otras de sus geniales caricaturas, Tonucci nos hace ver que la formación escolarizada no comenta muchas veces con los reales intereses de los niños y niñas. Lo veo en mi último hijo, que sufre muchas veces la frustración de la escuela por saltarse las reglas, cuando en muchas otras ocasiones en casa o en otros lugares se revela como un niño curioso, concentrado, finamente atento a los detalles. Le encanta dibujar, es capaz de armar cosas con las hojas de instrucciones aunque todavía no ha aprendido a leer, es capaz de imaginar cosas con objetos de reciclaje (cajas, tubos, rollos de papel higiénico, revistas). ¿Cómo ayudarlo, cómo hacer que los sistemas no impidan que su creatividad y originalidad siga creciendo?


Deja un comentario

¿Libres o protegidos?

Este interesante artículo sobre el impacto que tiene en los EE.UU. hacer que los lugares de juego para los niños estén libres de peligro en limitar el desarrollo libre y feliz de los niños (“The War on Children’s Playgrounds”) me hizo pensar sobre mis propios hijos. Tengo al suerte de vivir a pocas cuadras de un parque pero nunca he dejado que vayan solos. Existe, en una ciudad como Lima, el temor de que algo les pueda pasar, que los puedan secuestrar. Pero ¿no les quita mi temor algo que nuestra generación sí tuvo (la libertad de la calle, la vida de barrio)? Soy, por otra parte, decidido adversario de las calles enrejadas, de los condominios cerrados, de las burbujas de cristal. ¿Cómo hacer, entonces? Otros padres tienen temor a que se hagan daño, se caigan de la bicicleta, pero… ¿no era esto asunto común en nuestra niñez, de regresar con las rodillas cortadas o los dedos machucados? El extremo son aquellos padres que no quieren que sus hijos se ensucien, y no dejan que sus hijos se arrastren, o limpian el piso para evitar el menor contacto con bacterias o gérmenes.

Algunos señalan que esta excesiva sobre-protección hace es que los niños crezcan encerrados, más dependientes y por tanto, más propensos a caer en los brazos de la televisión o el Internet, con sus oportunidades pero al mismo tiempo, riesgos asociados. Hay iniciativas interesantes en otros lugares para optar por que los niños y niñas crezcan más libres, con más contacto con su entorno. Tal es el caso, por ejemplo, de FreeRange Kids, que es un movimiento de padres para criar a los hijos de manera más libre y sin temores, haciéndolos más seguros y proactivos. Ciertamente, se requiere un balance… ¿Cómo encontrarlo en medio de una ciudad mayormente agresiva, con poco espacios públicos, con un tráfico que no respeta edad ni condición?


Deja un comentario

Problemas desde el partidor

(c) Peru 21

No puedo sino hacer eco del artículo de Patricia del Río en el diario Perú 21 de este viernes 21. Dice Patricia: “… ese es el gran drama de América Latina y, específicamente, de países como el nuestro. No se trata simplemente de desigualdad, de que unos tienen mucho y otros muy poco. Se trata de una escandalosa diferencia de oportunidades que, prácticamente, condena a familias enteras a vivir en la pobreza por generaciones. “

Patricia menciona el Índice de Oportunidades Humanas (HOI) desarrollado por el Banco Mundial que analiza las circunstancias personales (lugar de nacimiento, riqueza familiar, raza o género, entre otros) y cómo impactan la probabilidad de que un niño acceda a los servicios necesarios para ser exitoso en la vida, al igual que otros factores como la educación oportuna, el agua potable o la conexión eléctrica. El HOI se comenzó a revisar en el 2008, comenzando en América Latina. Como dice un reporte del 2010 (Do Our Children Have a Chance?), “detrás de la desigualdad que ha por siempre caracterizado la distribución de los resultados del desarrollo en la región (ingreso, acceso a tierra, logros educativos, entre otros), existe una desigualdad aún más preocupante en la distribución de las oportunidades que los niños tienen para desarrollarse. No sólo los logros son desiguales; también lo son las posibilidades de éxito. El problema no es sólo de igualdad; sino también de equidad. El terreno de juego está desnivelado desde el principio.”

Por tal razón, se pregunta Patricia, “¿Qué culpa tiene una criaturita huancavelicana de que su madre sea analfabeta? Pues, ninguna. No es una condición que haya elegido o que pueda cambiar, por más que se esfuerce. Pero este dato fortuito que le tocó por casualidad en la vida le cierra, de plano, muchas puertas. Lo coloca en el peor partidor, el más alejado, el pésimamente ubicado, antes de siquiera empezar la carrera.”

Es por ello que las políticas sociales tienen que ser esencialmente compensatorias, para “igualar al cancha”, crear las condiciones que permitan tener un “piso” semejante para todos, hayamos nacido donde hayamos nacido. Estas condiciones mínimas de nutrición, salud, educación son necesarias para que podamos avanzar hacia el bienestar y las capacidades humanas que se nos prometen a todos.

Patricia también señala que deberíamos dejar de promocionar “el modelo peruano” cuando los niveles de pobreza siguen siendo tan altos en las zonas rurales o mientras niños de Puno sigan muriendo cada año con el frío, que son ejemplos contundentes de los retos de una tarea que no se ha completado. En el último reporte de HOI, Perú está todavía debajo del promedio de la región, como se puede ver aquí.